La Psicología del Entrenador

Los jugadores son, además, personas. Esto puede parecer un tanto tonto decirlo; pero no sería la primera vez que un entrenador no consigue llevar a su equipo a maximizar su potencial por no ser capaz de tratar a su plantilla correctamente. Encontrar un equilibrio es una parte esencial en el papel de un entrenador que, sí o sí, debe controlar ciertos aspectos psicológicos para tener un equipo sano y que se muestre unido; algo vital para su futuro.

Pelayo Sanz

Gracias a una muy productiva charla con Miguel Morán, presidente ejecutivo de RHO Group y doctor en psicología —y al cual le agradecemos profundamente su disposición—, hemos podido sacar numerosas conclusiones sobre el trabajo “no deportivo” que existe dentro de cualquier grupo como, al fin y al cabo, lo es un equipo de hockey sobre patines.

En primer lugar, tratamos el tema de los valores dentro de un equipo. Este punto merece ser el primero porque en cualquier categoría y en cualquier nivel, los valores son importantes. Entre los más pequeños, porque sirve como aprendizaje y formación de los jugadores como buenos deportistas y personas y, a medida que se avanza y ya están más instaurados, para utilizarlos transmitirlos, siendo referentes para otros jugadores. Completando así un círculo virtuoso donde los jóvenes aprenden valores que ven en sus referentes para ser ellos los transmisores cuando crezcan.

Miguel Morán y su equipo destacan y trabajan 4 valores esenciales que están relacionados entre sí: El primero, y tal vez el más importante, es el de ser buena persona. Este engloba a todos los demás, te permite saber ganar y saber perder y facilita el aprendizaje de los demás. El siguiente es el del respeto a compañeros, institución y público; el respeto te es uno de los factores que pueden llevar al surgimiento de la confianza entre los diferentes miembros del equipo, una emoción clave. El tercero es el de la humildad, un paso importante para abrir la puerta al aprendizaje, que al fin y al cabo es una de las bases para la mejora de cualquier persona en su vida. El último, y no por ello menos importante, es el del compañerismo y el trabajo en equipo. En este caso, Miguel Morán destaca la íntima relación entre el valor de ser buena persona, que deriva en el compañerismo y concluye con el trabajo del equipo. Además, me llamó especialmente una de sus contribuciones: “1+1+1 es mayor que 3”; haciendo referencia a la importancia de la suma de las partes por encima del resultado en sí.

Y bien, ¿qué papel tiene el entrenador en todo esto?

El entrenador es el guardián de los valores; los comparte, los promueve y los desarrolla”.

Esta fue la respuesta literal del señor Morán. Manteniendo la teoría de que un entrenador tiene tres papeles en este caso. Es un “educador”, un “formador” y un “desarrollador” en su papel como punto medio entre los jugadores y la institución.

El siguiente punto que tratamos fue el del liderazgo. Destacando hasta tres modelos de liderazgo diferentes:

  1. El entrenador es el líder: Por posición dentro de un equipo, el entrenador es el líder porque, además, es el encargado de repartir y trabajar el liderazgo dentro del grupo. Miguel Morán destaca la importancia de que cada uno sea su propio líder. Un entrenador es también el encargado de instaurar los modelos de liderazgos adecuados con el objetivo de provocar la motivación necesaria en cada miembro.
  2. El co-liderazgo: El entrenador debe promover que haya un líder dentro de sus jugadores. Es necesaria la transferencia de una parte del liderazgo porque al fin y al cabo son los jugadores los que están en la pista y ellos deben son gestionan una gran parte del juego sin que el entrenador pueda controlarlo.
  3. El autoliderazgo: Como ya se ha mencionado, cada jugador debe ser su propio liderar. En un principio, esto parece chocar con los dos puntos anteriores. Pero, según Miguel Morán, esta forma de liderazgo tiene que ver con la forma de motivarse uno mismo y, sobre todo, con la presencia del jugador ante las dificultades de su deporte.

Este concepto de presencia sirvió como enlace para el siguiente aspecto del que conversamos: la acción ante el error.

En este caso, resulta interesante primero hacer una diferenciación entre lo que es un “error” y un “fallo”. Para Miguel Morán, el error es aquella falta que se comente “sin querer”, habiendo intentado hacerlo todo lo mejor posible, al máximo de intensidad y de compromiso (un mal pase, una falta directa errada, un gol para un portero) mientras que el “fallo” conlleva todos estos aspectos negativos de no haber hecho todo lo que uno tenía la capacidad de hacer para evitarlo (esencialmente la desgana y o falta de intensidad). Hacer esta separación es importante porque para Morán es importante no castigar el error, mientras que es evidente que ante un fallo sí que se deben tomar acciones (si bien no tienen porque tratarse de castigos obviamente).

La metodología para administrar correctamente un error es una parte clave para poder tener resultados positivos. De nuevo, este proceso consta de tres fases y sirve tanto para jugadores como para entrenadores:

  1. Reconocer el error como propio: En algunos casos, el primer paso ante un error es culpa a alguien externo (árbitros, público, entrenador, compañeros…). Ante todo, cada jugador y entrenador debe reconocer sus errores como propios. El entrenador es el primero que debe saber cuáles han sido sus errores en una sesión de entrenamiento o tomando una decisión en un partido para, además, dar ejemplo a los suyos de lo importancia de dejar las excusas a un lado.
  2. El error como fuente de aprendizaje: Una vez hemos aceptado el error, el siguiente paso es conseguir utilizarlo en nuestro provecho como una forma de aprender y mejorar. Este punto es totalmente teórico, ser conscientes de que podemos aprovecharnos de habernos equivocado en un momento determinado para, finalmente, ponerle solución.
  3. El plan de acción: El último punto es intentar que este error que se ha cometido a pesar de haber intentado hacer todo lo posible para evitarlo, es iniciar unos procedimientos para mejorar. Un entrenamiento específico, una revisión de jugadas, etc. El entrenador es pieza de suma importancia en este punto: él es encargado de analizar los errores individuales y colectivos de sus jugadores mientras debe hacer lo mismo con los suyos y, por último, aplicar sus ideas para mejorar. Él monta los entrenos, él revisa los partidos para corregir acciones; en definitiva, en el entrenador recae una buena parte de que el plan de acción sea exitoso.

La conversación es un punto a revisar en este caso. Tener una línea abierta entre jugadores y entrenador para poder hablar es de mucha utilidad. Tanto en privado, para tratar temas complejos o errores, como en público.

Finalmente, el último concepto que trataremos en este artículo a partir de nuestra entrevista, es el de la construcción del equipo. Todo el mundo sabe que conseguir un equipo unido puede llevar a un club a conseguir triunfos por encima de otros que puedan tener más talento. La compenetración, la buena relación dentro de la pista, la confianza, el sacrificio conjunto… Esas “pequeñas familias” que se forman, a veces, en muchos equipos y que terminan siendo un factor decisivo para la cosecha de buenos resultados.

En este caso, es importante que el entrenador entienda que es un equipo, que (como se mencionó al principio cuando se tratamos el compañerismo) la suma de las partes es más importante que el resultado. “Hay que tratar al equipo como un equipo”, afirmó Miguel Morán; y es que un error habitual entre los entrenadores es terminar simplificando su labor promoviendo o dejando que los egos de los jugadores creen diferentes clases dentro del grupo que no hacen otra cosa que dividirlo.

El entrenador puede, y debe, promover la unión dentro del equipo día a día; cosa que se puede hacer de diferentes maneras. La, tal vez, más invisible es la lingüística; la tipología de lenguaje que se utilice, predominando la primera persona de plural, ayuda a crear la idea de que el equipo está por encima de los jugadores y del entrenador. Incluyendo a todos los miembros dentro de la palabra “nosotros”.

También hay una parte emocional. Al fin y al cabo, el sentimiento de unión es precisamente esto, un sentimiento; y el trabajo emocional facilita esto. Crear la emoción de pertenencia dentro del equipo, involucrar a todas las partes y que todos se sientan dentro del equipo; que su papel, sea el que sea, es importante para los demás. Tampoco olvidar la emoción de disfrute (incluso en equipos que compiten al más alto nivel); es mucho más fácil crear una buena relación si existe un ambiente de estar a gusto haciendo lo que uno hace. Obviamente, hay que ser consciente de toda la presión, competitividad y esfuerzo que se realiza, pero todo esto no tiene porque eliminar el pasarlo bien de la ecuación: algún ejercicio más distendido, alguna actividad recreativa extra, etc.

El último componente que hablamos con Miguel Morán sobre la construcción del equipo (y, en mi opinión, el más interesante por el desconocimiento y poco uso aquí) es el uso del propio cuerpo de los jugadores para formar una química positiva de equipo. Sacado, principalmente, de la experiencia de equipos en tierras asiáticas; estos métodos consisten en la realización de ejercicios para favorecer la relación. Ejercicios de “conexión” donde los jugadores se cojan uno con otro, se “enfrenten” o jueguen unos con otros.

En conclusión, dominar aspectos psicológicos es un aspecto que puede marcar las diferencias entre un buen entrenador y un gran entrenador, maximizando las aptitudes de sus jugadores a nivel personal, técnico, táctico, individual y colectivo.

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